República Arbórea

Jovellanos y los árboles: luces y sombras

 

 

De árboles no hay que hablar; este es un coco

que asusta al propietario y el labriego,

a quien los planta lo apellidan loco.

 

Melchor Gaspar de Jovellanos (1744-1811) es uno de los ilustrados españoles más interesados en estudiar y comprender la naturaleza. Tanto como tratadista que escribe de asuntos relacionados con la explotación de recursos naturales, como divulgador de conocimientos científicos o como autor de composiciones poéticas. En la producción intelectual de Jovellanos, está omnipresente la naturaleza a la que interroga con el fin de obtener bienes para la humanidad o para expresar su posición ante las bellezas naturales y para comunicar y expresar sus sentimientos.

 

Los árboles, junto con los elementos de la geología, son sus protagonistas principales dentro del escenario de lo natural, pero además también son muy relevantes dentro de su visión de la ciudad y del urbanismo.

 

Cuando se hace un recorrido por las múltiples facetas del Jovellanos escritor nos asombran, en primer lugar, los variados, y a veces, contrapuestos puntos de vista desde los que enfoca el mundo vegetal. Nos vemos, por ello, obligados a encontrar la forma de abordar visiones contradictorias respecto a los árboles que, en principio, no casan.

 

Algo parece no encajar, no puede ser que la misma persona que habla de los bosques en el Informe sobre la ley agraria (1795) como un elemento estratégico que debe estar inmerso en las leyes del mercado -el verdadero motor de su conservación y expansión- sin que el Estado interfiera con medidas protectoras que obstaculicen la iniciativa individual. En otro momento, escriba un Tratado de botánica mallorquina (1801) que denota una actitud de admiración y respeto hacia las maravillas de la naturaleza ordenada para servir al ser humano. Y, rizando el rizo, encuentra en los árboles, y en el medio natural en general, la fuente de la felicidad, se identifica con ellos, los considera inconmensurables y misteriosos, llegando al extremo de denunciar la destrucción de los bosques. Por ejemplo, en su Descripción del castillo de Bellver (1806) al mostrar los alrededores del castillo lamenta la desaparición del bosque bajo “los golpes del hacha desoladora” dando paso a un panorama de “fealdad y tristeza” y lo asocia a la desaparición de la fauna, ya que “al paso que caían los árboles (…) le iban abandonando sus inocentes y antiguos moradores”.

 

Tampoco parece compatible, con los anteriores, el poeta que se exalta ante el paisaje y dialoga con los árboles expresando sus sentimientos: “¡Oh árbol majestuoso, que como patriarca del valle te presentas a mi diaria meditación y qué ilusiones no suscitas en ella ¡(..) Tú has visto pasar rápidamente los siglos (…) tú ves ahora inmóvil la generación que respira (…) tú verás a los que no nacieron aún pasar y atropellarse en la misma carrera.” Ni tampoco parece compatible con el ingeniero que ve la naturaleza como un ámbito a mejorar y dominar para promover la prosperidad general, que no está a favor de los usos comunales de los montes ni del disfrute de los bosques como espacios de ocio y caza para la clase aristocrática.

 

También nos sorprende el ciudadano que propone un Plan de Mejoras (1782) para Gijón, su ciudad natal, en la que tienen un papel importante los arbolados de calles, plazas y alrededores. El hombre que propone la plantación de álamos para fijar el arenal de San Lorenzo, tanto en los alrededores la iglesia de San Pedro y Campo Valdés como en la parte este de la playa. Él que impulsó el saneamiento del Humedal para convertirlo en espacio de esparcimiento popular con plantío masivo de árboles (álamos y sauces llorones o de Babilonia, fundamentalmente) y punto de confluencia de un conjunto de paseos con el nombre de La Estrella. Él que promovió la utilización del cerro de Santa Catalina como espacio de recreo y su integración en la trama urbana a través de la floresta. Él que procedió a dotar de sauces de Babilonia (su árbol favorito) álamos y laureles la actual plaza del Seis de Agosto. Él que invirtió su propio capital para adquirir árboles en el vivero del Real Sitio de Aranjuez como muestran las cartas dirigidas a su hermano Francisco de Paula y a Carlos Posada, cuando les cuenta el número, variedad, procedencia y lugar de plantación de los árboles (álamos, abedules, fresnos, robles, laureles y algunas especies exóticas como catalpas, nopales y palmeras) que destina a Gijón.

 

José Luis Ramos Gorostiza en un artículo sobre Jovellanos y la naturaleza distingue tres personalidades en el escritor. Por una parte, el Jovellanos economista para quien la naturaleza es una fuente de obstáculos físicos que hay que vencer en aras del progreso, el Jovellanos aficionado a las ciencias naturales que ve la ciencia como camino para controlar, por medio de la razón, el medio natural y, por último, el Jovellanos literato que anticipa el romanticismo expresando la idea de comunión con la naturaleza. Los dos primeros, el economista y el aficionado a las ciencias naturales, son claramente compatibles. Sin embargo, el Jovellanos literato no lo es tanto, se presenta como un prerromántico con una sensibilidad hacia el paisaje que no difiere esencialmente de la que presenta Rouseau en algunos pasajes de sus Confesiones o en Las ensoñaciones de un paseante solitario. Jovellanos tiene una actitud compatible con la que muestran en sus cuadros pintores como Friedrich o Turner, o con las posturas de Thoreau y Emerson, considerados la inspiración fundamental del movimiento conservacionista americano.

 

Propongo añadir a esas tres personalidades una más, la del Jovellanos urbanista que utiliza la naturaleza a través de los árboles como medio para mejorar la realidad urbana de su tiempo y en la que se involucra intensamente desde el punto de vista subjetivo y personal. Este Jovellanos urbanista podría considerarse, así, un puente entre el Jovellanos economista-aficionado a las ciencias y el Jovellanos literato. Siempre que se tenga en cuenta que no se puede evaluar a Jovellanos olvidando alguna de sus múltiples facetas. En su obra hay una intencionalidad unitaria a pesar de su carácter polifacético.

 

Para Ramos Gorostiza el hombre público y reformador social que escribe para hacer recomendaciones a las instituciones para impulsar la economía, que no duda en reivindicar la naturaleza civilizada en virtud de la utilidad pública, se impone sobre el otro con ensoñaciones poéticas o evasiones romántico-literarias. Quizás no sea tan difícil entender esta aparente contradicción de personalidades si contextualizamos la figura del escritor en su época. Jovellanos estudia, analiza y propone, desde la mentalidad de la Ilustración, en un país atrasado que tiene muchas asignaturas pendientes. A la vez, Jovellanos vive en la cresta de la ola de un nuevo modo de ver y afrontar el mundo desde el interior, desde el corazón.

 

Puede parecer un hombre algo “loco” pero es un “loco encantador” que compraba y plantaba árboles para su ciudad, que hablaba con ellos. Y que consiguió algo tan singular como dar su nombre a una planta, la jovellana, que los chilenos llaman capuchito,  ¡perdón, esta es otra historia!…

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Comentarios

27.04 | 03:33

Hola, siento decirte que este majestuoso ejemplar de Samán fue derribado por seguridad el año 2018, según indica un periódico de Hawaii:
https://www.hawaiinewsnow.com/story/37637866/city-to-remove-iconic-monkeypod-tree-in-manoa/

...
21.02 | 12:51

Mi tia siempre nos decía al viajar en coche antes nuestras protestas y cansancios d "tranquilas" queda poco, estamos llegando a Penjamo. Era una niña ...

...
27.12 | 02:42

¡Exquisito jardin!

Gracias por compartir

...
27.12 | 02:40

¡Exquisito jardin!
Gracias por compartir el lado amable de la vida

...
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