Jardín de libros

El vestido azul

                                                                         

 

 "Y aquí me usted ahora, sometida y obediente."

Paul Clodel

                                                                                                                                             

 

                                                           

Michele Debordes (1940-2006) en su novela El vestido azul consigue desbordar la compleja vida de la gran escultora Camille Claudel (1864-1943) en dos capítulos de extensión muy distinta por los que fluye la espera y la resignación, pero también la fuerza creativa, la continua reafirmación y la obsesión. Están construidos a partir de los cuadernos y cartas de Camille y las memorias de su hermano Paul. Los dos artistas.

 

Estos capítulos son dos actos por los que discurre el tiempo. En el primero, lentamente como los días en el manicomio, en los que ella vestida con ropa sin color, da vueltas a sus pensamientos sin volver a esculpir ni modelar, mientras él viaja, ejerce como cónsul en distintos lugares del mundo, escribe dando rienda a su talento literario y piensa en esa hermana con la que compartió inquietudes artísticas.  El segundo, dedicado a un solo día del verano de 1936. Dos capítulos por los que pasa la vida entera de Camille.

 

El primero de estos dos cápitulos, comienza en 1913, tras la muerte de su padre, cuando su hermano y su madre deciden el internamiento de la escultora hasta el final de su vida. Por la noche, oía los caballos del coche en el que la llevarían a los lugares de confinamiento en los que se ahogaría definitivamente su talento artístico mientras espera sentada en una silla a la puerta de los pabellones que su hermano la venga a visitar y repasa su vida. Los días de la infancia en Villeneuve, alegres buscando arcilla por el campo y modelando. Los días en París, de inspiración compartida y amor en el taller del maestro Rodin, cuando las obras se exponían y, quienes las miraban, se preguntaban, si era ella la que había tenido la idea primero o había sido Rodin. Las noches en las que acompañaba a su hermano en los encuentros con Mallarmé, Mirbeau, Huysman, Debussy y otros artistas que la elogiaban y admiraban. Los días en que veía sus grandes obras terminadas: La edad madura, Sakountala, El gran vals; o las más pequeñas en tamaño como La ola. Los días de duro trabajo y desesperación por la falta de encargos oficiales en su propio taller. Los días de miedo, aislamiento y autodestrucción cuando no ve la manera de seguir adelante con su arte y con su propia vida. Los días iguales de abatimiento, abandono y resignación en el manicomio de Montdeverges. Los días de una artista que lo tenía todo en contra. Desde la disciplina artística que eligió que requería fuerza física, la colaboración de aprendices y encargos importantes para afrontar los gastos de materiales. Hasta las convenciones sociales que solo permitían el cultivo del arte entre las mujeres como un pasatiempo antes del matrimonio, como una afición. Pasando por los principios de la neurofisiología vigentes en ese momento que relacionaban la infertilidad de las mujeres con el ejercicio intelectual y profesional. Los días que se suceden durante treinta años de aislamiento y olvido. Treinta años con días que debieron parecerse mucho a los que vivió la pintora Séraphine entre 1932 y 1942 en otro psiquiátrico francés.

 

El segundo capítulo relata un día de 1936. Un día que Camille vive como el fin de los tiempos, aunque todavía le queden por vivir otros siete años más hasta su muerte encerrada en aquel hospital. Un día que le servirá de aliento hasta el final. Después de años de espera, su hermano Paul la visitará y la llevará a ver el mar. Camille caminará a la orilla del mar, se quitará el abrigo y sacará a la luz El vestido azul, que da nombre al capítulo y a la novela. Un vestido azul largo, con la falda ancha como eran los vestidos de su juventud. Un vestido que contrasta con los que viste cada día de esos treinta años de reclusión, un vestido azul como el cielo, azul como el mar, azul como sus ojos. Azul como la ilusión de una joven rebosante de aspiraciones y ambición que ahora es una anciana viviendo el fin de los tiempos.

 

Una anciana tranquila, que los médicos de la institución consideran que debe vivir con su familia, pero que sigue olvidada y sola. Sentada en una silla a la puerta de la residencia, esperando una vista. Con un abrigo debajo del que asoma una falda de rayas gris o marrón, sin color, con un sombrero y un bolso entre las manos donde guarda su cuaderno. Posando para una fotografía con su cara serena y triste, una mujer que quiso ser una gran escultora, la mejor, que trabajó duro para conseguirlo, que lo tuvo todo en contra, que tuvo que rendirse.  Una mujer que ahora espera una visita y sueña con pasar un día en la playa con el vestido azul. Una artista cuya obra debe admirarse más allá de la vida de su autora. Más allá de esa imagen que la muestra sometida y obediente.

 

El vestido azul de Michele Desbordes, publicado en Francia en 2007, no se publicó en nuestro país hasta 2018 por Periférica. Su pequeño formato, 144 páginas, desbordan talento, sensibilidad y delicadeza. Una novela que se desborda en páginas de talento y originalidad como las obras que Camille Claudel concibió como estudios y son obras maestras.

                                                                                                    

 

 

 

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Comentarios

27.04 | 03:33

Hola, siento decirte que este majestuoso ejemplar de Samán fue derribado por seguridad el año 2018, según indica un periódico de Hawaii:
https://www.hawaiinewsnow.com/story/37637866/city-to-remove-iconic-monkeypod-tree-in-manoa/

...
21.02 | 12:51

Mi tia siempre nos decía al viajar en coche antes nuestras protestas y cansancios d "tranquilas" queda poco, estamos llegando a Penjamo. Era una niña ...

...
27.12 | 02:42

¡Exquisito jardin!

Gracias por compartir

...
27.12 | 02:40

¡Exquisito jardin!
Gracias por compartir el lado amable de la vida

...
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