Jardín de libros

          Libro

Tren melodioso

que cruza mil paisajes

Forma   color   música

El tren perfora el tiempo

       agujero de luz

contra las aristas de las hojas claras

      Forma    color   música

El alma viaja

En el reloj

las horas golondrinas

han plegado las alas.

 

                                Lucia Sánchez Saornil

 

Con traje de luna es el titulo de un poema de Concha Méndez (1898-1986), Pepa Merlo lo toma prestado para bautizar su antología de las españolas que escribieron poesía durante la primera mitad del siglo XX. Esta publicación incluye una nutrida lista de autoras que van a cultivar todos los estilos del momento, desde la poesía romántica y modernista a las vanguardias y los “ismos”, como el poema ultraísta de 1921 dedicado a los libros y su poder de Lucia Sánchez Saornil que encabeza este texto.

 

Durante la primera treintena del siglo XX vivieron las escritoras en un ambiente cultural en el que pudieron expresarse abiertamente con el apoyo de la Institución Libre de Enseñanza, la Residencia de Señoritas y el Lyceum Club. Convivieron y publicaron en las mismas revistas e imprentas y acudieron a las mismas tertulias literarias que Federico García Lorca, Pedro Salinas, Rafael Alberti, Pablo Neruda, José Bergamin, Vicente Alexandre, los muy conocidos poetas de la Generación del 27; y que otras escritoras, periodistas, pintoras y políticas como Elena Fortún, Ángeles Santos, Remedios Varo y Margarita Nelken, por citar solo algunas.

 

Todo este ambiente de creación artística, donde estaban presentes mujeres y hombres, fue atropellado por el golpe de estado de 1936. Después de la guerra cambiaron las cosas para todos. Vino el exilio para muchos que tuvieron que buscar amparo en otros países donde ellas encontraron trabas para expresarse artísticamente. Vino el silencio y el olvido para las que se quedaron en un país en el que las mujeres fueron relegadas a la vida doméstica, a la vez que perdieron su derecho a una habitación propia.

 

No quiero olvidar a ninguna de las poetas que Pepa Merlo nos presenta en esta antología, por eso las voy a enumerar: Mercedes Pinto (1883-1976), Casilda de Antón del Olmet (1871-¿1961?), Gloria de Prada (1886-¿1951?), Pilar de Valderrama (1892-1979), Lucía Sánchez Saornil (1895-1970), Concha Méndez (1898-1986), Rosa Chacel (1898-1994), María Luisa Muñoz de Buendía (1898-1975), Cristina de Arteaga (1902-1984), Ángela Figuera Aymerich (1902-1984), María Cegarra (1903-1993), Elisabeth Mulder (1903-1987), Ernestina de Champourcin (1905-1999), María Teresa Roca de Togores (1905-1989), Maruja Falena (1905-¿?), Carmen Conde (1907-1996), Josefina de la Torre (1907-2002), Ana María Martínez Sagi (1907-2000), Marina Romero (1908-2001), Margarita Ferreras (1900-¿?), Ana Inés Bonnin (1899-1969), María Alfaro (1900-¿?), Chona Madera (1901-1980), Ester de Andreis (1914-2004), Susana March (1915-1990), Tina Mercader (1919-1984), Mercedes Chamorro (1924-¿?) y María Beneyto (1925-2011). Sirva como un homenaje de reconocimiento a estas artistas. Leamos sus poemas en esta antología con el sueño de seguir embarcadas  en el tren melodioso de la poesía.

 

Resulta extraño que de la mayoría de estas poetas a penas sepamos nada, que no aparezcan en los libros de literatura ni se conozcan sus poemarios. Pero si nos paramos a pensar comprendemos que forma parte de la manera de enfocar la realidad que impera aún en este siglo XXI que estamos viviendo. Platón y Aristóteles siguen modelando nuestro pensamiento, aunque no los hayamos leído nunca. Platón expulsó a los poetas de la República y se alegraba de no haber nacido mujer ni esclavo. Aristóteles describió a las mujeres como seres inferiores y machos deformes. De ellos procede la idea de que estamos hechos de dos sustancias: cuerpo y mente, y que está se cierne de forma misteriosa sobre el cuerpo y lo controla. La corporeidad se asocia con las mujeres, así como la naturaleza y la luna. Frente a los hombres asociados con la mente, la razón y la luz del sol. Se trata de un sistema de dicotomías que organiza la realidad desde la antigüedad, perpetuado por el pensamiento racionalista del siglo XVII (Descartes y Hobbes) y reforzado en el XIX para combatir los avances sociales y culturales de las mujeres. No en valde, como señala Siri Hustbetd en Los espejismos de la certeza, no percibimos el mundo tal como es, sino que lo creamos a partir de los patrones del pasado.

 

La luna, por su parte, influye sobre los fluidos en general y sobre la menstruación de las mujeres, en particular. Es tan fuerte la vinculación de la luna con las mujeres que se han asociado sus fases con las edades (niña, mujer y anciana). Y la falsa luz de la luna que nos engaña reflejando la del sol, el astro rey, con la falsedad y la locura.

 

Pepa Merlo compara el traje de luna de las poetas con el del rey del cuento del Conde Lucanor en el que este no puede admitir que está desnudo ante la primorosa descripción de los detalles de su atuendo que hacen sus súbditos, sin cuestionar su propia legitimidad. Algo parecido nos ha pasado a las mujeres. Nos lo dice así: “a lo largo de la historia se ha cubierto a la mujer con un paño invisible cuya urdimbre ha sido trenzada a la perfección hasta ser detallada por ella misma, por los burladores de una sociedad temerosa del contrario, del opuesto, pero de quien, a pesar de todo, no puede prescindir”. Desfilamos por la vida con nuestro traje de luna, conscientes de su naturaleza, amenazadas por ella, pero limitadas por los atributos de esa vestimenta que nos presenta, a la vez, como ángeles y como demonios.

 

Solo la acción de escribir libros, de poesía, en este caso, que encuentren lectoras y lectores que distingan los espejismos de la certeza, nos permitirá superar los arquetipos y dicotomías que nos constriñen desde la antigüedad. Creo que estas poetas vestidas con traje de luna están esperando para decirnos muchas cosas y llenar de armonía nuestras horas con forma, color y música.

 

No olvidemos como, nos dijo Lucia Sánchez Saornil, que los libros son trenes que perforan el tiempo, agujeros de luz que permiten viajar al alma, capaces de parar el reloj de las horas golondrinas.

 

Llegué a la lectura de España fea de Andrés Rubio a través del artículo en El País del escritor Antonio Muñoz Molina reflexionando sobre la fealdad de nuestro entorno y sobre los contenidos de este libro.

 

El ideal democrático del siglo XX de que todos tenemos derecho a un entorno de calidad con independencia de nuestros ingresos, es una aspiración cada vez más difícil de alcanzar. La España fea -ética y estética- avanza, crece y se desarrolla inexorablemente.

 

La ciudadanía ha optado por mirar de soslayo o no ver el caos urbano y paisajístico que genera injusticia social y pone en peligro el patrimonio natural y cultural de nuestro país. Los verdaderos culpables son los que se benefician impulsados por la codicia económica y política, los que están dispuestos a generar e impulsar prácticas corruptas para seguir especulando con el patrimonio de todos. Pero conviene tener en cuenta que todos tenemos nuestro grado de responsabilidad. De todas formas, aunque seamos conscientes de lo que pasa a nuestro alrededor y de sus consecuencias, no es fácil denunciar, enfrentarse a los poderosos y salir airoso. Por lo general, como señala Muñoz Molina “los responsables políticos y económicos de la fealdad se llenan los bolsillos y reciben el aplauso y el voto ciudadano: es a quien denuncia a quien se declara enemigo (…) y lo peor de todo, hijo pródigo y traidor a los suyos, si tiene el infortunio de levantar su voz, casi siempre a solas, rompiendo el silencio de la conformidad y la indiferencia, el cloroformo del que bonita es mi tierra…” Parece que estamos ante un problema sin solución. A pesar de las dificultades, la lectura nos puede ayudar a indagar en el origen del problema, a señalar los distintos agentes implicados y a detenernos a observar algunos ejemplos de trabajo bien hecho en distintas poblaciones españolas.

 

La genialidad geográfica de la península ibérica puesta en evidencia por Manuel Terán en 1949, refiriéndose a la variedad de relieves y climas, ha generado una tipología arquitectónica popular y anónima adaptada a las peculiaridades topográficas y a los materiales disponibles que se ha caracterizado por su integración con el paisaje y por el hallazgo de soluciones prácticas y originales para adaptarse a las adversidades del medio natural. Esta arquitectura popular está en serio peligro desde mediados del siglo pasado.

 

Tampoco hemos tenido la suerte de contar con planes efectivos de ordenación del territorio a escala nacional, regional o local para articular el territorio. Y lo peor, es que la democracia no fue capaz revertir ni de frenar el proceso. Las ciudades han ido creciendo de forma desordenada y desarticulada. Las urbanizaciones surgieron y surgen de forma discontinua y carentes de infraestructuras en general y de comunicación con los centros y el resto de las periferias: los gastos  para instalarlas recaen sobre los habitantes de los municipios y el automóvil se convierte en imprescindible. La crisis climática hace aún más urgente la cohesión social y territorial.

 

Un informe de la Asociación de Geógrafos de 2018 denuncia las ingentes cantidades de dinero de las administraciones públicas invertidas infraestructuras innecesarias, infrautilizadas o mal programadas. Consideran que estamos inmersos en un capitalismo mafioso o de amiguetes en connivencia con los partidos políticos, unos más que otros, pero todos seducidos por el dinero y el poder.

 

Los profesionales de la arquitectura no son inocentes, pero los promotores, tanto privados como públicos, encargan más obra a los arquitectos ineptos que a los buenos como ha señalado Oriol Bohigas. La arquitecta Itzihar González Virós propone la conveniencia de que los profesionales de su sector estén obligados (como los médicos a hacer el juramento hipocrático) a hacer el juramento vitruviano que compromete a respetar los principios de belleza, firmeza y utilidad, a los que habría que añadir valores sociales y ecológicos. Siguiendo la propuesta de Bohigas de hacer un urbanismo de zurcidora, esta arquitecta deriva su trabajo hacia la recuperación a un nivel más urbanístico y de mediación con la comunidad. 

 

Entre los profesionales del urbanismo y la ordenación del territorio deben incluirse a los profesionales de la geografía, sociología, psicología, economía y antropología, además de a los de la arquitectura, el derecho y la administración. El territorio es un concepto holístico que debe ser analizado desde distintos enfoques capaces de integrarse en un objetivo común.

 

Desde otro punto de vista, más general, tenemos que dar más visibilidad y protagonismo al urbanismo y a la problemática de la vivienda. No podemos seguir sin que los jóvenes que llegan a la universidad no entiendan la necesaria integración entre vivienda, medio urbano y medio natural en el contexto del siglo XXI. Tampoco podemos seguir colocando aparatos de aire acondicionado, toldos, cerrando terrazas, sin control y sin llegar a acuerdos en las comunidades de vecinos. No debemos cerrar los ojos a la fealdad física de las ciudades, debemos defender los elementos que confieren la identidad de nuestras poblaciones y seguir el ejemplo de Cesar Manrique en Lanzarote, Xerardo Estévez en Santiago o Martín Almagro en Albarracín y, también, de lo que se hace en otros países. Pero, sobre todo, y esto es lo más difícil, debemos afear la desfachatez ética que impera a sus anchas entre nosotros y se vende como modelo de éxito.

 

Por algún lado hay que empezar a eliminar tanta fealdad. ¿Qué tal la lectura del libro de Andrés Rubio España fea hacia otra España más hermosa y mejor?

 

 

“De repente deseé que todos los enigmas y todos los mitos me cubrieran como árboles, descansar bajo su sombra de la corriente del tiempo que nos atrapa a todos, invisible, pero real, tan real que convierte el resto de la realidad en inverosímil”

 

He pasado varias noches con Timandra, la de Theodor Kallifatides. En La intimidad de las sombras me ha ido contando su vida y la de su gran amor, Alcibíades. Me ha hablado de sus dudas, de su manera de enfocar la realidad, del amor, de la muerte, del tiempo…Me he sentido a su lado y me he ido haciendo con ella las grandes preguntas de la vida, las que nos venimos haciendo desde la noche de los tiempos, las que tan sutilmente se plantearon los pensadores de la Gracia clásica, de ese siglo V, en el que vivió Timandra y en el que compartió tertulias con Sócrates y con los sofistas.

 

No he podido resistirme a considerar a esta mujer solo un personaje creado en la mente de Kallifatides. Quería que fuese un personaje real y la he buscado, aunque sabía de antemano que son muy pocas las mujeres de la antigüedad que han trascendido.  He  siguido la estela que si dejó Alcibíades en las obras de historiadores como Jenofonte y Tucídides, en los escritos de Platón y en Plutarco.  Y he encontrado su rastro al final del capítulo que le dedica Plutarco, al militar y político, en sus Vidas Paralelas. Cuando narra la muerte de Alcibíades lo sitúa en una aldea de Frigia donde vivía con la cortesana Timandra, que lo acompaña en su última batalla y se ocupa de sus exequias.

 

El autor de la novela, organiza su narración precisamente en el momento en que  Plutarco nos presenta a la hetaira, pero con esos datos hace algo completamente diferente. Timandra se convierte en la protagonista mientras Alcibíades duerme. Ella  piensa, recuerda y escribe. Quiere dejar constancia de su vida y de su pensamiento, quiere trascender a su tiempo, quedar en la memoria, pasar a la historia. Desde el pasado nos plantea la cuestión de cual de las vidas es más ejemplar, la de Alcibíades y su lucha incansable por el poder, o la suya y otras muchas personas, dedicadas a cuidar, amar y proteger, a cultivarse y pensar, a vivir con plenitud y moderación. Timandra es una persona que desde el pasado se rebela, pero su rebelión es nuestra rebelión y la gran cuestión que nos plantea está muy lejos de estar resuelta. Como no se cansa de repetir Kalifatides, no se trata de una novela histórica, es una obra contemporánea. Y, además, Timandra es una mujer, pero su causa es la de todos, la de las mujeres y la de los hombres.

 

Irene Vallejo en El infinito en un junco, buceando en los textos y leyendo entre líneas, quiere imaginar que hay en Atenas una corriente de rebeldía femenina encabezada por las hetairas, las únicas mujeres libres. La mayoría habían nacido y recibido una esmerada educación en Asia Menor. Pagaban impuestos, administraban sus bienes y tenían acceso a los círculos políticos y culturales a través de sus amantes. Las voces de estas mujeres se oyeron más alto durante un tiempo, gracias a un enamoramiento trasgresor que sacudió las esferas del poder. Pericles se enamoró de una hetaira, Aspasia, y rompió los esquemas. Dejó a su esposa (del mismo linaje y madre se sus hijos) y se casó con la cortesana.

 

Timandra, también hetaira, está enamorada de Alcibíades, ahijado de Pericles que convivió con este y con Aspasia al quedarse huérfano. Es congruente, por tanto, pensar que ella forma parte de ese momento trasgresor en la historia de la Gracia clásica. Theodor Kallifatides piensa como Irene Vallejo y convierte a Timandra en una de esas mujeres rebeldes ejerciendo su derecho a pensar limpiando el lenguaje y vertiendo sus pensamientos en perlas que se pueden organizar en un rosario de sabios y poéticos proverbios. No me resisto a mostrar alguna de estas joyas sobre el amor, la vida, el tiempo,...

 

- El amor.- Nuestro auténtico “yo” no se encuentra dentro de nosotros, sino en ese lugar invisible que existe entre dos personas que se aman. El problema es que no vemos ese lugar. Lo cubren las sombras de tantos sueños, de tantos proyectos, tantos espejismos, errores y deseos.)

 

- La realidad.- No tiene ninguna importancia si la realidad existe o no. En última instancia somos nosotros quienes decidimos.)

 

- El tiempo.- Es verdad que el problema del tiempo no es como lo pasamos sino como nos alcanza. Así pues, nada de prisas. El sol no tiene prisa, la luna no tiene prisa).

 

- La vida: ¡Nuestros actos nos obligan a pensar, no son nuestras reflexiones las que nos obligan a actuar! Digamos que la vida es como una casa en la arena, y de arena.

 

Timandra, la de Theodor Kallifatides, quizás también la histórica, nos invita a la rebelión del pensamiento. Como ella quiero descansar a la sombra de un árbol frondoso por las ideas que crea el pensamiento, encontrarnos allí superando la distancia y el tiempo. 

 

   

¿Podría ocurrirnos un milagro mayor que el de, durante un instante, ver a través de los ojos de otro?

Henry David Thoreau

 

El objetivo de Las leyes de la ascensión de Céline Curiol (1975) es analizar los aspectos que definen y condicionan la realidad del presente: el capitalismo feroz, la crisis ambiental, el racismo y el consumo desaforado, entre otros asuntos cruciales. Y como su experiencia periodística le ayuda a no caer en las trampas de la falsa objetividad, a la vez que está acostumbrada a mirar el mundo con la perspectiva científica que le aporta su formación como ingeniera, tiene que buscar una solución arriesgada que pueda conjugar esa aparente contradicción.

 

Los retos difíciles imponen aventuras arriesgadas, puntos de vista múltiples y la búsqueda de herramientas para abordar la complejidad de lo cotidiano. Céline Curiol manifiesta en una entrevista que aspira a adaptar la exigencia científica al campo de la literatura. ¿Cómo lo hace?

 

Se arriesga con una novela larga, de casi 1000 páginas, con seis personajes que no parecen compartir casi nada. Orna, periodista que trabaja en la web de una cadena de TV; Sêléne, profesora universitaria; Hope, trabajadora en una empresa parecida a Amazon; Modé, prejubilado que se dedicaba al apoyo a emigrantes desde una ONG; Pavel, psiquiatra; y Medhi, joven radicalizado por el salafismo.

 

Vamos descubriendo que, aunque tienen edades dispares, procedencias sociales y situaciones económicas deferentes, tienen en común algo muy importante: perciben como crece el abismo entre sus ideales y lo que están haciendo realmente, sienten que están perdiendo el control de sus vidas, pero se resisten, navegan entre dar un viraje a su cotidianidad o caer en la depresión. A la vez que son partículas y microcosmos cada uno de ellos.

 

La escritora se acerca a estas personalidades tan diversas utilizando como batuta la empatía inversa, busca en su interior las aspiraciones, las ilusiones y las decepciones que puede compartir con ellos y desde ahí nos los presenta. Es la directora de una orquesta en la que cada interprete toca su instrumento, se integra en el grupo, e interpreta una composición que quiere ser la caja negra de nuestro tiempo.

 

Los sitúa en Bellaville, uno de los pocos barrios de París en los que todavía conviven personas de clases y orígenes dispares. Y, por último, los presenta en cuatro días, que se corresponden con las cuatro estaciones del año y funcionan como los cuatro movimientos de una sinfonía.  El azar va entrelazando, personajes y partitura, en una red común, en el escenario de los procesos y los retos, en la música del presente.

 

Cuando Céline habla de su propia vida, de su procedencia social, de su formación académica, de su variado ejercicio profersional, de sus viajes y de sus propias preocupaciones, vamos descubriendo los vínculos empáticos que la unen con esos personajes y la sutileza con la que construye sus cuatro días como si los fuera observando y caminando a su lado. Pero a la vez, como si los estuviera observando desde dentro de sus cerebros. Céline Curiol es una narradora omnisciente, está a la vez dentro y fuera de sus criaturas. Es como si se fundiera con ellos, como si dudara, actuara y se angustiara con ellos. Como si los amara, como si pensara que mirar y actuar con empatía y con humanismo es la clave para mejorar y afrontar el presente. Tengamos en cuenta que dedica el libro “Al Amor”, con mayúsculas, al amor universal.

 

Desde esa posición, actuando como una directora de orquesta, va ganándonos a nosotros como lectores, convirtiéndonos en seres que nos vemos reflejados en los seis personajes e inmersos dentro del desarrollo de la sinfonía. Consigue convertirnos en espectadores empáticos inmersos en la música y dispuestos a aplaudir.

 

Solo el nombre de esta sinfonía, el título, no me pareció que estuviera a la altura de la monumental obra que encabeza. Pero, ahora, pensándolo mejor, puede que esté acertado. Consideré, con cierta frivolidad, que se refería en las leyes de la ascensión social, pero pueden ser las leyes de la ascensión personal o humanística. Seguro que Céline Curiol piensa en las leyes para mejorar como personas en beneficio particular y de la humanidad en general y por eso dirige esta magna sinfonía del Amor  con la batuta de su empatía consiguiendo despertar la nuestra gracias a la música que interpretan sus personajes.

                                                                         

 

 "Y aquí me usted ahora, sometida y obediente."

Paul Clodel

                                                                                                                                             

 

                                                           

Michele Debordes (1940-2006) en su novela El vestido azul consigue desbordar la compleja vida de la gran escultora Camille Claudel (1864-1943) en dos capítulos de extensión muy distinta por los que fluye la espera y la resignación, pero también la fuerza creativa, la continua reafirmación y la obsesión. Están construidos a partir de los cuadernos y cartas de Camille y las memorias de su hermano Paul. Los dos artistas.

 

Estos capítulos son dos actos por los que discurre el tiempo. En el primero, lentamente como los días en el manicomio, en los que ella vestida con ropa sin color, da vueltas a sus pensamientos sin volver a esculpir ni modelar, mientras él viaja, ejerce como cónsul en distintos lugares del mundo, escribe dando rienda a su talento literario y piensa en esa hermana con la que compartió inquietudes artísticas.  El segundo, dedicado a un solo día del verano de 1936. Dos capítulos por los que pasa la vida entera de Camille.

 

El primero de estos dos cápitulos, comienza en 1913, tras la muerte de su padre, cuando su hermano y su madre deciden el internamiento de la escultora hasta el final de su vida. Por la noche, oía los caballos del coche en el que la llevarían a los lugares de confinamiento en los que se ahogaría definitivamente su talento artístico mientras espera sentada en una silla a la puerta de los pabellones que su hermano la venga a visitar y repasa su vida. Los días de la infancia en Villeneuve, alegres buscando arcilla por el campo y modelando. Los días en París, de inspiración compartida y amor en el taller del maestro Rodin, cuando las obras se exponían y, quienes las miraban, se preguntaban, si era ella la que había tenido la idea primero o había sido Rodin. Las noches en las que acompañaba a su hermano en los encuentros con Mallarmé, Mirbeau, Huysman, Debussy y otros artistas que la elogiaban y admiraban. Los días en que veía sus grandes obras terminadas: La edad madura, Sakountala, El gran vals; o las más pequeñas en tamaño como La ola. Los días de duro trabajo y desesperación por la falta de encargos oficiales en su propio taller. Los días de miedo, aislamiento y autodestrucción cuando no ve la manera de seguir adelante con su arte y con su propia vida. Los días iguales de abatimiento, abandono y resignación en el manicomio de Montdeverges. Los días de una artista que lo tenía todo en contra. Desde la disciplina artística que eligió que requería fuerza física, la colaboración de aprendices y encargos importantes para afrontar los gastos de materiales. Hasta las convenciones sociales que solo permitían el cultivo del arte entre las mujeres como un pasatiempo antes del matrimonio, como una afición. Pasando por los principios de la neurofisiología vigentes en ese momento que relacionaban la infertilidad de las mujeres con el ejercicio intelectual y profesional. Los días que se suceden durante treinta años de aislamiento y olvido. Treinta años con días que debieron parecerse mucho a los que vivió la pintora Séraphine entre 1932 y 1942 en otro psiquiátrico francés.

 

El segundo capítulo relata un día de 1936. Un día que Camille vive como el fin de los tiempos, aunque todavía le queden por vivir otros siete años más hasta su muerte encerrada en aquel hospital. Un día que le servirá de aliento hasta el final. Después de años de espera, su hermano Paul la visitará y la llevará a ver el mar. Camille caminará a la orilla del mar, se quitará el abrigo y sacará a la luz El vestido azul, que da nombre al capítulo y a la novela. Un vestido azul largo, con la falda ancha como eran los vestidos de su juventud. Un vestido que contrasta con los que viste cada día de esos treinta años de reclusión, un vestido azul como el cielo, azul como el mar, azul como sus ojos. Azul como la ilusión de una joven rebosante de aspiraciones y ambición que ahora es una anciana viviendo el fin de los tiempos.

 

Una anciana tranquila, que los médicos de la institución consideran que debe vivir con su familia, pero que sigue olvidada y sola. Sentada en una silla a la puerta de la residencia, esperando una vista. Con un abrigo debajo del que asoma una falda de rayas gris o marrón, sin color, con un sombrero y un bolso entre las manos donde guarda su cuaderno. Posando para una fotografía con su cara serena y triste, una mujer que quiso ser una gran escultora, la mejor, que trabajó duro para conseguirlo, que lo tuvo todo en contra, que tuvo que rendirse.  Una mujer que ahora espera una visita y sueña con pasar un día en la playa con el vestido azul. Una artista cuya obra debe admirarse más allá de la vida de su autora. Más allá de esa imagen que la muestra sometida y obediente.

 

El vestido azul de Michele Desbordes, publicado en Francia en 2007, no se publicó en nuestro país hasta 2018 por Periférica. Su pequeño formato, 144 páginas, desbordan talento, sensibilidad y delicadeza. Una novela que se desborda en páginas de talento y originalidad como las obras que Camille Claudel concibió como estudios y son obras maestras.

                                                                                                    

 

 

 

Comentarios

01.10 | 13:36

Me va a llevar un "poco" d tiempo ponerme al día en este maravilloso jardin... espero perderme en él 👌

...
27.04 | 03:33

Hola, siento decirte que este majestuoso ejemplar de Samán fue derribado por seguridad el año 2018, según indica un periódico de Hawaii:
https://www.hawaiinewsnow.com/story/37637866/city-to-remove-iconic-monkeypod-tree-in-manoa/

...
21.02 | 12:51

Mi tia siempre nos decía al viajar en coche antes nuestras protestas y cansancios d "tranquilas" queda poco, estamos llegando a Penjamo. Era una niña ...

...
27.12 | 02:42

¡Exquisito jardin!

Gracias por compartir

...
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