Jardín de libros

 

“Sobre los ríos y ciénagas se posaban neblinas heladas, que eran propicias a los ogros que en aquel entonces todavía poblaban estas tierras”

 

Kazuo Ishiguro en su novela, El gigante enterrado, se enfrenta a la misión de convertirse en juglar para transmutar al lector en oyente y transportarlo a la época mítica de los relatos medievales del Rey Arturo y sus caballeros. Tiene que conseguir una atmósfera de leyenda, de libro de caballería, que suscite el interés de los lectores del s. XXI. Lo consigue con una serie de trucos de magia geniales. Crea una especie de narrador/juglar que hace guiños, llenos complicidad, al lector, para que se sienta como una de esas personas que escuchaban, llenas de curiosidad, noticias y relatos en las plazas los días de feria.

 

El juglar consigue crear una novela que habla de un oscuro pasado medieval, que refleja el presente y se proyecta en el futuro. Construye una leyenda de todos los tiempos que nos hace tan felices como leyendo El Señor de los anillos de Tolkien o Olvidado Rey Gudú de Ana María Matute. A la vez que nos nuestra con crudeza la realidad, los atemporales escoyos de la vida humana analizada, tanto desde el punto de vista individual, personal y familiar, como desde la perspectiva de las relaciones sociales y políticas entre grupos, aldeas, ciudades, etnias, naciones o imperios.

 

Leyendo el Gigante enterrado de Kazuo Ishiguro surgen multitud de cuestiones y preguntas en la mente del lector. Preguntas sobre el sentido y la ética de la vida, las relaciones personales, sociales y políticas, el papel de los líderes y los límites de sus atribuciones, la importancia de la historia con mayúsculas y de la memoria colectiva ligada a las experiencias vividas por una comunidad y la memoria más íntima y personal. Este relato se presenta como la fábula de la vida, como la fábula de las fábulas, el cuento que concentra los saberes más importantes para desentrañar el difícil papel de los seres humanos.

 

Sorprende encontrar a unos protagonistas muy alejados de los estereotipos habituales. No son jóvenes valientes que se enfrentan a las fuerzas del mal. Son personas de avanzada edad como el matrimonio compuesto por Beatrice y Axl que han perdido privilegios en su aldea, o como Sir Gawain que sigue desempeñando su misión como caballero del Rey Arturo a pesar del paso de los años. Estos ancianos se encuentran con el Guerrero Wistan cumpliendo una misión para el Rey de las Marismas y con Edwin un niño huérfano. Juntos, pero con objetivos distintos y encontrados, tendrán que enfrentarse a una empresa épica cuyas consecuencias son controvertidas y  contradictorias. Los esposos buscan sus recuerdos para explicar el sentido de su vida en común. El guerrero es valiente y leal hacia su pueblo, pero está impulsado por el resentimiento y el afán de venganza. El niño ansía encontrar a su madre y admira al guerrero para el que es solo qun instrumento. Y el caballero está dispuesto a perpetuar las decisiones polémicas y pragmáticas tomadas por el Rey Arturo. Todos viven con sus contradicciones, con su visión fragmentada de la realidad, con sus buenas intenciones, pero también, con sus egoísmos. 

 

Son personajes poliédricos y complejos moviéndose por un mundo de fantasía lleno de amenazas materializadas en ogros de cuento y otros monstruos maléficos que circulan por un paisaje natural explicado al detalle: el relieve, las rocas, los ríos, los lagos, y los árboles y el resto de la vegetación. Es allí, entre los robles y las ortigas, donde late el odio entre britanos y sajones, pero, también es allí, donde resiste el espino como símbolo de la posibilidad de superar el odio. El bien y el mal están mezclados.

 

Odio, a penas difuminado por la niebla que produce el dragón hembra para sembrar el olvido de los horrores de la guerra y los horrores de la paz. Una niebla que aminora el odio entre sajones y britanos, pero que destruye la memoria de la vida cotidiana de mujeres y hombres.

 

El odio, es un gigante enterrado, que puede resucitar en cualquier momento y propagar la guerra. El olvido es, también un gigante enterrado que, a la vez que permite superar afrentas personales, impide que se consoliden las relaciones y se manifieste en su magnanimidad el amor.

 

La muerte es otro de los grandes temas de esta narración. La convivencia, la paz, la guerra, y la muerte dependen de que siga o no enterrado el gigante. Todos morimos solos, pero no es lo mismo morir con memoria que inmersos en el olvido. A Caronte, el barquero de la laguna Estigia, en la fábula de Ishiguro, se le paga el pasaje con la memoria.

 

En mi jardín, he sacado a la superficie las ramas y el tronco de este gigante con mis herramientas de jardinera y, aunque es muy viejo, conserva las raíces sanas. Quiero compartir con mis amigos la esperanza en la sombra que pronto producirán sus hojas para plantear las preguntas y discutir las respuestas que suscita esta fabula de la vida.

"Un día me dijo que lo he leído más de cien veces pero que no tiene mérito porque sólo lo tengo a él. Eso a mí me molesta un poco porque no tiene en cuenta mi fidelidad y el esfuerzo que siempre he hecho en entender hasta las palabras que no conozco. Podría haberlo dejado abandonado, como mi madre el balde, o haberme aburrido de él y sin embargo, hasta que tuve vista suficiente, leía por los menos diez páginas todas las noches, a veces más. Y ahora que no puedo leer, lo sigo acariciando siempre que lo reconozco. Y dejo que me cuente sus historias".

 

Los ojos cerrados

Edurne Portela

 

Los libros, en primer lugar, son objetos, objetos preciosos y valorados como buenos compañeros de vida. Empecé a pensar en esto después de leer en Los ojos cerrados de Edurne Portela la relación de amistad que Pedro, el protagonista, tiene con un libro que ya no puede leer, pero que ha leído mientras pudo muchas de veces. Un libro, su único libro, que lo ha acompañado desde la infancia a la vejez y sigue contándole historias a través del tacto, como un amigo fiel consciente de su deber en tiempos adversos.

 

En mi casa, cuando era niña, no había libros. En realidad, había uno que cuando llegó a mis manos estaba mellado, le faltaban hojas y estaba sin portada. Pero ese libro era un objeto muy apreciado por la familia, que mi padre leía y releía y que tenía una historia, digna de los grandes libros que dejan huella en la vida de las personas. ¿Cuento lo que recuerdo de ella?

 

Comenzaré diciendo que era un libro de historia de España. Mi padre miraba este libro con deseo en el escaparate de una librería de Melilla, resignado y convencido de que nunca sería suyo, durante sus escasas horas de ocio cuando hacía el largo Servicio Militar de cuatro años, el primero después de la Guerra Civil. Una tarde de esas en que se paraba a mirarlo desde el otro lado de la vidriera, el soldado que lo acompañaba advirtió la admiración y el vinculo que sentía con aquel objeto. Aquel compañero sabía que carecía de recursos para comprárselo, sabía que no tenía dinero ni para lo más elemental, que sufría muchas privaciones, que lo poco que conseguía se los enviaba a sus padres para que sus hermanos pasaran menos hambre. Eran tiempos muy duros para muchos españoles, sobre todo para los que no disponían más que de sus brazos para trabajar. Aquel compañero de la mili, también era consciente de que le debía favores a aquel joven soldado que le guardaba en su taquilla los paquetes que recibía. Mi madre, la verdadera narradora de este relato, decía que este soldado era de una familia de tratantes de Lorca que eran ricos. Siento no recordar su apellido o el sobrenombre por el que eran conocidos. Podemos ponerles uno, por ejemplo, los Tonos. Este soldado, El Tono, guardaba en la taquilla de mi padre, los paquetes que le enviaba su familia para preservarlos del hambre y la codicia de los demás compañeros de remplazo.

 

Nadie iba a pensar que en la taquilla de Crisanto -creo que ha llegado el momento de ponerle nombre a mi padre- había algo deseable, todos sabían que no tenía nada digno de ser robado. El Tono pensó lo mismo y por eso le pidió que le guardase sus paquetes. También pensó que quizás podría compensar a Crisanto por sus favores. Para ello le hizo una tarde preguntas: porqué quería pasar por aquella calle y qué miraba en ese escaparate. Y se aseguró de que estaba prendado de aquel libro de historia. Por eso y porque tenía dinero para hacerlo, un día lo compró y se lo regaló.

 

Desde entonces, aquel libro, acompañó a mi padre. Lo trajo consigo desde su pueblo natal cuando tuvo que buscar trabajo muy lejos de casa para sobrevivir. Lo leía en los momentos de descanso. Le gustaba la historia, en realidad eran variadas las disciplinas para las que tenía, tanto actitudes como aptitudes. Podría haber sido un buen profesional en muchas áreas distintas de actividad. La aritmética era fácil para él, hacía cálculos de sus horas de trabajo, de jornales, de gastos y previsiones económicas para el futuro. Lo recuerdo con un lápiz en la mano echando cuentas. Vale, el protagonista, en este momento es el libro, no es mi padre.

 

Mi hermano primero y yo después, observábamos el libro con ojos tan golositos como el gato de la pastora haciendo los quesitos. En cuanto podíamos, al primer descuido de nuestros padres, nos apropiábamos de él. Cuando todavía no sabíamos leer, mirábamos las ilustraciones en blanco y negro e imaginábamos historias, pintábamos garabatos y se nos iban rompiendo las esquinas de las páginas. Así, fue deteriorándose y llegó a perder la portada y algunas hojas.

 

Incluso cuando teníamos nuestros propios libros escolares, aquel libro primigenio y deteriorado seguía teniendo un encanto especial para nosotros. Con el paso de los años quedó olvidado en una maleta que mi madre tenía encima del armario y en la que cada año lo iban acompañando los libros de texto del curso escolar que terminaba para dejar espacio a los nuevos. Me costaba deshacerme de los libros y por eso los guardaba en la maleta con aquel primer libro de historia. Nos faltaban estantes para colocar los libros, pero no nos podíamos resignar a perderlos.

 

Aquel primer libro que comenzó siendo un juguete siempre nos contó historias. Nos abrió el apetito de poseer otros objetos que, como él, fueran alimentando nuestra sed de vida y de conocimientos. Nos hizo desear llenar las paredes de estanterías para dejar reposando en ellas muchos libros y poder volver a leerlos y acariciarlos una y otra vez. Le debo a aquel primer libro, más juguete que otra cosa, mi adicción lectora. Ese libro me animó a comprar, leer, disfrutar y decorar mis paredes con muchos más.

 

“El jardín de la neurología brinda al investigador espectáculos cautivadores y emociones artísticas incomparables. (…) Como el entomólogo a la caza de mariposas de vistosos matices, mi atención perseguía, en el vergel de la sustancia gris, células de formas delicadas y elegantes, las misteriosas  mariposas del alma, cuyo batir de alas quién sabe si esclarecerá algún día el secreto de la vida mental.”

Recuerdos de mi vida

Santiago Ramón y Cajal

 

Tanto Irina como Klara indagan en los misterios de la mente humana, buscan las mariposas del alma. Irina fue creada para grandes metas, para desarrollar complejas operaciones de espionaje, incluso para cambiar el orden mundial de la Guerra Fría. Sin embargo, Klara tenía una misión mucho menos ambiciosa, acompañar a una adolescente de 14 años en sus años de aprendizaje. Pero las dos, Irina y Klara, fueron más allá de lo que de ellas se esperaba. Pensaron por su cuenta y sobrepasaron los límites de lo que para ellas se programó. Buscaron la esencia de los humanos y fueron experimentando en su propio ser los hallazgos. Quisieron imitar a los humanos siguiendo las disposiciones de sus creadores, pero como aventajadas estudiantes, lograron dar un salto cualitativo y sentir emociones sentimentales, espirituales y artísticas.

 

Irina es uno de los personajes de Quizás nos lleve el viento al infinito, novela escrita en los años 80 del pasado siglo por Gonzalo Torrente Ballester. Es un robot espía de la parte del mundo liderada por la URSS, creada dentro del contexto de la carrera tecnológica y armamentística que enfrentaba, a este grupo de países, con Estados Unidos de América. Fue un gran reto puesto en marcha para demostrar su superioridad en el desarrollo de la inteligencia artificial, no se escatimaron medios para construir un robot que no dependa de la alimentación eléctrica, sino que se alimente directamente de la energía del sol. Se completó con un sofisticado entrenamiento para contar con una espía sensible a las manifestaciones artísticas y espirituales. La novela discurre en un futuro, que visto desde hoy es pasado, puesto que unos años después de su publicación, en 1989, cae el Muro de Berlín y se emprende una nueva reordenación geopolítica mundial en la que no cabe imaginar un porvenir para el orden que ya ha desaparecido.

 

Klara es la protagonista de Klara y el Sol de Kazuo Ishiguro, la última de las publicaciones de este escritor. Es una AA (amiga artificial) de la serie B2 con capacidad para observar, relacionar y aprender. Además, es capaz de captar los sentimientos de los seres que la rodean. Su dueña planea la forma de que sustituya a su hija adolescente enferma si llega a fallecer. Mientras, Klara indaga en lo que hace especiales a las personas para poder convertirse en la chica. Tiene conciencia de su naturaleza artificial y actúa siempre siguiendo los presupuestos de sus programadores, pero en su afán de hacer bien su tarea, desarrolla sus iniciativas y sobrepasa las expectativas puestas sobre este tipo de máquinas. Vive en un futuro de niños mejorados que estudian a distancia, que penas se relacionan entre sí, pero disponen de su propio amigo o amiga artificial.

 

Irina ignora su naturaleza de robot, escribe poemas, tiene sentimientos transcendentes e impulsos religiosos, ama y se enamora, se sacrifica, se siente una persona más. Su aspecto y su conducta hacen que parezca una mujer con una mente en la que revolotean las mariposas del alma.

 

Klara siempre es consciente de su verdadera naturaleza artificial, pero experimenta sentimientos como el cariño y el miedo. Se siente vinculada a las promesas y tiene un desmesurado sentido del deber que la lleva a investigar lo que hace especiales a las personas en general y las que amamos en particular. Sospecha que no hay nada como un alma o un espíritu único que los instrumentos de la ciencia moderna no puedan extraer, copiar o transferir. Pero también, que lo especial de cada ser humano no reside en su interior sino en el interior de los seres que los quieren.

 

Quiero creer que Kazuo Ishiguro leyó Quizás el viento nos lleve al infinito y pensando en Irina fue creando Klara y el sol. Imagino que mientras leía, fue envistiendo a Klara como narradora de su historia e ideando su relación con el Sol que la alimenta y al que pide una ayuda especial para curar a la adolescente por la que está dispuesta a darlo todo.

 

El narrador de la novela de Torrente Ballester es otro espía que indaga en las razones que puedan explicar el amor que siente por Irina y el de ella hacía él. Tiene poderes especiales que le permiten metamorfosearse en cualquier cosa, viva o inerte. Y elige, al perder a su amada Irina, convertirse en vilano, uno de esos filamentos que coronan el fruto de plantas como el diente de león y unirse así a las cenizas de Irina:

 

“Lo que pienso es que, ese día en esa cima de la roca, derramaré las cenizas de Irina y me trasmudaré en vilano, porque nada hay más sutil en que pueda cambiarme. Lo haré al atardecer, cuando el aire se mueva. Si escojo bien el instante, quizás nos lleve el viento al infinito.”

 

Irina y Klara, juntas, componen el trinomio que vincula neurociencia, tecnología y arte. Persiguen el misterio de la vida mental que Santiago Ramón y Cajal supo plasmar en la bella metáfora de la búsqueda de las mariposas del alma.

Ciudad encima de una roca, obra atribuida a Goya. Parece que Torrente Ballester se inspiró en esta obra para imaginar la levitación de Castroforte del Baralla

 

 

“Hasta ahora había una silla vacía a la derecha de Cervantes, que acaba de ser ocupada por Gonzalo Torrente Ballester, que ha escrito La saga/fuga de J. B.”

 

José Saramago

 

Después de terminar de leer, en realidad de releer, una obra tan monumental como La saga/fuga de J. B. de Gonzalo Torrente Ballester (1910-1999), resulta muy difícil emprender otra lectura. Pocas obras literarias te envuelven en un universo de fantasía donde conviven, con total naturalidad, el realismo, los mitos, la magia, el humor, el surrealismo y el sarcasmo. Un mundo en el que te embulles como en un delirio o estado febril personal y vuelas hasta Castroforte del Baralla, la capital de una quinta provincia gallega escondida por la burocracia centralista mediante la kafkiana “sección de dispersos centralizados” y enfrentada a lo largo de los siglos con Villasanta de La Estrella.

 

Los héroes defensores de la identidad cultural de esta ciudad son una saga de personajes que comparten las iniciales J. B. y que tienen que enfrentarse, desde la Edad Media, con una serie de antagonistas que pretenden someterla. Villasanta no puede permitir que Castroforte, con su Santo Cuerpo, le arrebate el monopolio de las peregrinaciones ni los beneficios de la explotación de las pesquerías de lampreas del río Mendo. José Bastida narra la saga a la vez que la vive como el último eslabón de la misma y se fuga. Es el autor-narrador de los mitos identitarios de la ciudad que habita y lo cuenta a través de una compleja red de planos y niveles narrativos.

 

El primer plano puede ser el referido al pasado histórico que arranca de la fundación de Catroforte como colonia griega que se engarza con la saga a través del culto a Diana y la explotación de las lampreas. La saga, propiamente dicha, comienza con el obispo Jerónimo Bermúdez, seguidor de la corriente priscilianista declarada herética, pasa a Jacobo Balseyro perseguido por la inquisición, sigue con el almirante John Ballanynes y un episodio de la Guerra de la Independencia, y con el Vate Joaquín Barrantes que se sitúa entre los que reivindican el cantonalismo republicano. Cuatro tiempos separados por siglos que convierten la Historia en mito. El segundo plano sería el presente de la ciudad con varios posibles J.B. antagónicos entre sí: Jesualdo Bendaña, Jacinto Barallobre y el propio José Bastida. Un presente en el que discurre la costumbrista y la realista vida cotidiana. Y un tercer plano varado en la mente de José Bastida que construye, narra y vive su vida y la de los demás J. B., los pasados y los presentes.

 

La obra se organiza en tres capítulos y una coda que responden a estos tres tiempos, pero, además, comienza con un Incipit que no encaja en este esquema, que complica los tres planos e introduce una nueva mirada, desde fuera, ajena a la narración de nuestro protagonista.

 

José Bastida se desdobla en varios heterónimos o hipóstasis, sus variantes nacionales (Bastid, Bastideira, Bastide y Bastidoff), en los cuatro distintos J.B. históricos y en los otros J. B. contemporáneos. Conforme avanza la narración los distintos planos se mezclan, así como los siete J.B., que se manifiestan en nuestro narrador. Los hechos que suceden en de distintos momentos se presentan de forma simultánea, lo que produce una temporalidad anacrónica y subjetiva. Por si esto fuera poco, se juega con la alternancia de versiones no coincidentes que pueden presentarse en columnas paralelas. El resultado es un mundo complejo y delirante, pero también fascinante.

 

El humor envuelve toda la narración: cualquier cuestión se puede presentar de forma sarcásticamente sorprendente o con guiños humorísticos. Se parodian los procedimientos de las ciencias experimentales, de las matemáticas, los procedimientos de la gramática, de la lingüística, la filosofía,  las prácticas del periodismo, de la política y de la religión Y si a esto unimos elementos surrealistas como la ciudad que flota en los días de niebla, el tren ensimismado que levita, los animales reales con atributos fabulosos (lampreas, loros, estorninos), la recurrente aparición de Benito Valenzuela, godo activo y eficaz, que arrastra por la ciudad una maleta o un carrito cargados con objetos singulares; se crea una dimensión carnavalesca en la que todo es posible y no queda títere con cabeza.

 

En 1972, una novela como esta fue recibida con sorpresa, tanto por la crítica, como por los medios académicos e institucionales. Todos destacan su estirpe cervantina y la multiplicidad de niveles de lectura de la obra. Algunos, los más conservadores, la alagan por romper la trayectoria de la novela social. Los que se alinean con las nuevas corrientes críticas (marxista, psicoanalítica, o estructural) destacan su carácter rupturista y su confluencia con la narrativa hispanoamericana. Torrente Ballester consigue con esta obra ocupar un lugar destacado en los manuales de literatura del sistema educativo como uno de los grandes escritores de mediados del siglo XX, publicar lo que había escrito con anterioridad y nuevas obras. Recibe reconocimientos y premios como el Príncipe de Asturias (1982) y el Cervantes (1985).

 

A lo largo de mi vida de lectora pocas obras me han impactado tanto como esta. Lo que me ha dado La saga/fuga de J. B. lo he encontrado fragmentado en otras muchas obras fascinantes, pero pocas, muy pocas, ofrecen tanto en una sola historia. Supongo que por eso mismo José Saramago, maestro constructor de mundos imaginarios, situó a Gonzalo Torrente Ballester a la derecha de Cervantes en el Parnaso literario.

Comentarios

27.04 | 03:33

Hola, siento decirte que este majestuoso ejemplar de Samán fue derribado por seguridad el año 2018, según indica un periódico de Hawaii:
https://www.hawaiinewsnow.com/story/37637866/city-to-remove-iconic-monkeypod-tree-in-manoa/

...
21.02 | 12:51

Mi tia siempre nos decía al viajar en coche antes nuestras protestas y cansancios d "tranquilas" queda poco, estamos llegando a Penjamo. Era una niña ...

...
27.12 | 02:42

¡Exquisito jardin!

Gracias por compartir

...
27.12 | 02:40

¡Exquisito jardin!
Gracias por compartir el lado amable de la vida

...
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